viernes, 23 de marzo de 2012

Quien quiera ir al baño que levante la mano

Vi esas dos siluetas y me dio la impresión de que estaban levantando el brazo como cuando en el colegio conocías la respuesta a algo que planteaba la profesora y querías que te lo preguntara a ti. Pero también me trajeron un recuerdo de hace algunos años...

Mientras estudiaba la carrera estuve dando clases de esquí a niños y niñas de entre cuatro y seis años, la modalidad se conocía como esquí mimo porque aparte de enseñarles, les mimabas como una buena madre. Esos años los recuerdo con mucho cariño y miles de anécdotas. Recuerdo que cuando terminaba el domingo, necesitaba de unos días para recuperar mi amor por la infancia, a la semana siguiente llegaba repuesta y con ganas de dar mi clase pero entremedias, casi no podía acercarme a ningún enano.

Uno de los principales problemas era  ir al baño porque nunca tenían ganas al mismo tiempo por lo que si uno te pedía ir, debías encontrar a otro monitor con quien dejar al resto del grupo y acompañarle.Cuando volvías con el niño, ya fuera de peligro, dispuesta a iniciar tu día de esquí, otro te decía que quería ir al baño, al resto les preguntabas de nuevo si tenían ganas, estos te contestaban que no, a pesar de que a la vuelta uno nuevo te pedía ir a beber agua. Así te podías pasar el día entero en el servicio de la cafetería.
Finalmente ideé un sistema dictatorial por el cual todos tenían que ir al baño en una hora determinada, esto nos permitía esquiar un poco entre pis y pis. Sólo había un problema ¿qué hacer cuando la que tenía que ir al baño era yo?
Mi primera idea fue meter a los niños conmigo en el baño en la zona común, se entiende no dentro conmigo, el motivo era sólo la seguridad (es impresionante lo lejos que puede ir un enano con esquís) y ponerles a cantar, si no era imposible saber si seguían ahí o no. Descubrí que este método no era muy fiable, cantar les aburría y se callaban. Así que finalmente decidí aprovechar los tirantes de los pantalones para enganchar a unos niños con otros pero me surgió un nuevo problema ¿qué hacer con el extremo final? La única manera de que no escaparan todos juntos fue pillarlo con mi puerta, eso hice y funcionó.

Como he dicho otras veces, los baños y sobre todo sus puertas, inspiran a los poetas, contadores de historias y compartidores de teléfono. Esta vez la que tenía una historia, era yo.

1 comentario:

Helen Ford dijo...

Qué historia más increíble, aunque me la creo. Sobre todo viniendo de ti. Eres la reina del ingenio.
Un beso,