lunes, 26 de diciembre de 2011

Primera vez

Reconozco que siempre me habría gustado raspar mi nombre junto al de otra persona en un banco de parque como éste.
Esa emoción de sentir que lo que tienes es para toda la vida y dejar constancia frente a la sociedad (que sabe que más tarde o más temprano tu nombre aparecerá junto a uno distinto de ese, en otra parte)  me parece un acto impresionante, casi heroico. 


Lo que no acabo de entender es con qué criterio se eligen los lugares para grabar nombres, porque me he encontrado a lo largo de mi vida declaraciones de amor en los sitios más insospechados. Por ejemplo en los baños públicos, tengo una teoría por la cual toda persona que permanece más de diez minutos en un baño público experimenta una necesidad incontrolable de dirigirse a los demás seres humanos. Los baños estimulan el deseo de escribir, ya sean carteles de convivencia, de los cuales hay muchos ejemplos que ya he comentado, o rayaduras en las puertas.


Otro lugar que parece llevar a un deseo incontrolable de mostrarte frente a los demás son los cabeceros de hostal. Ahí queda eso pensarían Tamara y Tomasito después de poner a prueba la resistencia de la cama en la que me tocó dormir después. 
No deberían poderse marcar los cabeceros, si quieres dormir y justo cuando vas a apagar la luz, ves el nombre de toda la gente que ha practicado sexo en ese lugar pues no es muy estimulante la verdad. Imaginarte a Tamara y Tomasito en todas las posturas posibles, no mola. No puedo evitar visualizar a una adolescente ya muy desarrollada, casi como una adulta y a un niñito que a pesar de ser de la misma edad, le llega a los tobillos.
Vale que el amor es ciego y hay que respetarlo pero como decían los de Martes y trece: los vecinos no, así que de estas cosas mejor no dejar constancia.

3 comentarios:

SergioP dijo...

que buena entrada! sigues en forma! :-D

Mar del Rey Gómez-Morata dijo...

Gracias, ¡se hace lo que se puede! Besos

Ximens dijo...

Me gusta esta reflexión. Nunca pensé que los corazones en los árboles fueran a quitarme de una buena siesta. Recuerdo aquello de cuatro esquinitas tiene mi cama. Supongo que eso es lo que sientes al ver los nombres, que en esa cama hay demasiada gente.